Y un día recibimos una inquietante invitación: Nana Simone Micheli nos hacía partícipes de su recorrido por las venas azuladas, por las texturas de la endodermis como antiguos terciopelos, por el rojo saturado de oxígeno como delicados patrones de gobelinos, como destellos de cristales incendiados.













Su promesa, una biósfera particular donde todo vive en el límite, donde todo está a punto de desbordar y todo es peligroso pero, a la vez, intensamente encantador.
Su oficio, el de peregrina. Buscadora de joyas en herencias yermas, encontradora de emociones escondidas entre hilachas y amiga del frenesí de los cuerpos en movimiento.
Lento. El tiempo de reconocerse e indagarse, de admitir como propio cada repliegue del interior, de asumir el latido identitario, de reunir el valor para ofrecerlo.
Vivace. La energía de la puntada, el ejercicio de la práctica, la pasión de hacer, la ansiedad del mensaje por irrumpir y, nuevamente, el valor de compartirlo.
Aceptamos la invitación de la artista, recorreremos sus espacios de deformidad y sutileza, sus relaciones imposibles entre planos tenazmente cosidos, sus formas de vidrio, puro riesgo de ruptura y sus resistencias de alabastro. La acompañaremos en su peregrinaje con su corazón armadura, corazón blando y quebradizo, corazón descarnado…
Y comprobaremos si junto a ella, podemos resucitar a los nuestros, a nuestros propios corazones.
Viviana Debicki